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LAS PROPUESTAS CINEMATOGRÁFICAS MÁS INTERESANTES QUE RECORREN EL PANORAMA DEL SÉPTIMO ARTE MÁS CONTEMPORÁNEO, CON EL FESTIVAL DE CINE EUROPEO DE SEVILLA COMO TRASFONDO, SUELEN SER EL CATALEJO DONDE SE ATIENDE A LO QUE NO SE MIRA PERO MERECE SER OBSERVADO. MIENTRAS UN GRUPO DE ESCOLARES SE FOTOGRAFÍA JUNTO A UNA GRAN CLAQUETA SITUADA EN LA CALLE LUIS DE MORALES, DOS ANCIANOS CONTEMPLAN LA FUERZA DE SU JUVENTUD A LA VEZ QUE UNO DE ELLOS EXPLICA: "CREO QUE ESTO ES LO QUE TE DIJE DEL CINE EXTRANJERO". LA CLASE DE ESTUDIANTES CORRE ESCALERAS ARRIBA EN BUSCA DE LA CARTELERA QUE PROTAGONIZAN LAS MÁS DE DOSCIENTAS PELÍCULAS, LLEGADAS DESDE EL RINCÓN O LA ISLA MÁS REMOTA DE EUROPA, PARA INTENTAR COMPRENDER, CON LA MISMA MIRADA LIMPIA DE UN NIÑO, UN MUNDO QUE SE PRESENTA COMO MÁGICO.
 
 
Esperanza TORRES
 

 
  
 

 
 
a priori, la riqueza del lenguaje es tan amplia que una sola vida no bastaría para abarcarlo. Es por ello que el cine y el arte inventan otros dialectos para intentar abordar en un mínimo de 90 minutos todo lo que una vida puede contar. De ahí la necesidad de abrir espacios desde donde ejercer una reflexión, al menos anual, de las tendencias y las miradas de quienes sostienen con su creación la prisa y la rutina. "No olviden que a pesar de todo lo que les digan, las palabras y las ideas pueden cambiar el mundo (…). La medicina, el derecho, el comercio, la ingeniería, son carreras nobles y necesarias para dignificar la vida humana. Pero la poesía, la belleza, el romanticismo, el amor son cosas que nos mantienen vivos", El club de los poetas muertos (1989). En ese intento de iluminar las sombras con la luz blanca de un proyector vive hoy el cine europeo. Con el firme compromiso que tiene y ha tenido la cultura de servir de faro y guía en la niebla; elemento de atrezzo y fuente de creación para un plató de rodaje donde la realidad rara vez consigue ser superada por la ficción.
 
Con la mirada atenta en sus fronteras, y la sabiduría de la conversación entre dos ancianos, las fórmulas de los directores y directoras del cine de autor se enmarcan bajo algunos de los principales conflictos bélicos internacionales con films como Donbass (2018), galardonada con el Giraldillo de Oro, gran premio del Festival de Cine Europeo de Sevilla, por su capacidad para explicar desde las posibilidades de creación que ofrece la fotografía, toda la sombra y el dolor de una guerra. Dentro de esfera fronteriza, muchas de las películas y documentales que llevan su propio debate tienen como fin aportar una mirada justa ante aquellos que son obligados a desplazarse y para los cuales la clase política parece no tener un proyecto de paz. La inmigración es, en este caso, un drama real a explorar con géneros como el documental ya que permite hacer entender este hecho desde una complejidad de miradas que sería imposible encontrar a partir del tratamiento diario e impasible que puede ofrecer una noticia informativa. Idrissa, crónica de una muerte cualquiera (2018) es, sin duda, una esperada llamada hacia la apertura de los gobiernos europeos y del resto del mundo en la reflexión y humanización que necesitan fenómenos tan fragmentados como el de la inmigración.
 
El efecto mariposa y la causa de Donbass tiene su exponente y efecto en Idrissa, un joven de 21 años que atraviesa parte de África y se sumerge en el Mediterráneo hasta morir un día de Reyes en una cárcel o Centro de Internamiento de Extranjeros de Barcelona, bajo custodia del Estado español, en condiciones que a día de hoy se desconocen. Este cine testigo nos transporta, a modo de viaje introspectivo, hasta el centro del vacío de las reuniones burocráticas, el desamparo de los informes gubernamentales, la corrupción y el olvido de las víctimas a través de la fragmentación fílmica del relato que es producida por la barbarie. Una tendencia a la rotura que nos recuerda a las formas de proceder del teatro neorrealista más crítico y actual, del que es protagonista una gran generación de escritores españoles, y que recoge el pensamiento el pensamiento de Teodoro Adorno, quien se preguntaba si tras Auschwitz aún era posible seguir escribiendo poesía.
 
 
 
 
  
 
En esa línea de rodaje y montaje por cortes también se encuentra algunas de las atrevidas fantasías como Endless Tail (2018), catalogada en la sección de Revoluciones Permanentes, título evocador de lo que el cine de autor interioriza en especial a través de sus continentes. Construida a modo de collage narrativo, el film croata plasma el ideario del juego y la imaginación de dos niños que toman contacto con otro mundo para tratar de buscar algo oculto. "Sois un público muy valiente", agradecen sus directores antes del visionado, un matrimonio plenamente consciente del carácter excéntrico y anacrónico de su película por la manipulación que sufre en la estructura clásica de presentación, nudo y desenlace. Con este vaticinio, los creadores intentan confirmar lo que ya de por sí es una sospecha en la creación y en el devenir del cine donde todo final puede servir de excusa para otro principio. Porque "para llegar al paraíso hay que recorrer el infierno antes", reza la traducción en español de la versión original. Ante este planteamiento, los créditos de cierre ya no tienen que estar estrictamente colocados a modo de desenlace.
 
Así, con un ojo puesto en lo local y otro en lo global, la película fotográfica del cine europeo plasma, desde un amplio catálogo de idiomas, culturas, olores y sabores, donde al contrario de lo que se lee entre las líneas de un programa electoral, hay cabida para todas las posibles Europas. Al igual que ocurría en el trayecto de los niños de Endless Tail con su constante abrir y cerrar puertas y ventanas —y del que solo nos llegaban imágenes de personajes desconcertados ante lo ambiguo del paisaje con el que conectaban desde su tranquila y alegórica naturaleza—, existe cierta predisposición a entender todas las realidades que puedan llegar a concentrarse dentro de un mismo mundo. El cine de Roy Andersson es uno de los escaparates para encontrar cualquier imaginable hasta el límite de hacerlo trascender y sentirlo como nuestro. El trabajo del director sueco ha sido elegido para ser proyectado como principal escenario desde el que abordar cualquier miniatura de la vida cotidiana occidental a través de su inconfundible ingenio y humor, convertido en la trinchera de algunos cineastas desde la que pasar el invierno de una Europa que suele llegar a bajo mínimos.
 
Tras ahondar en la banalidad de pequeñas escenas cotidianas, el espectador se da cuenta de que el patetismo de las sombras y el drama también merecen ser observados desde el prisma de la risa y el sinsentido. Se trata de un ciclo dramático donde el aprendizaje más importante es identificar cuáles son algunos de los agujeros negros para aprender a reírnos de ellos. La comedia de la vida (2007), de Roy Andersson, por entonces mejor Premio Especial del Jurado, es, junto a Una paloma se posó en una rama a reflexionar sobre la existencia (2014), un aleteo para el ver el vaso medio lleno desde el ingenio. En el intento de normalizar el día a día, el director sueco deja claro cuál es su recorrido metodológico para burlar la noche del alma; la sátira. Elevada a categoría máxima de arte a través de la estética vintage, tan afanada en convertirse en un quehacer en la edición y el montaje actual y que cuenta que quizás los conflictos del ayer son bastantes similares a los de hoy.
 
 
 
 
  
 
Hacia esta reflexión de todos los posibles presentes no debe faltar la ineludible mirada femenina llevada a cabo, también desde el humor, de mujeres como la alemana Ula Stöckl, protagonista de la crítica feminista del cine europeo de los años 60. El trabajo de la directora alemana supuso en el cine lo que su compañera escritora y cineasta Kate Millet ya confirmó en el pensamiento social de la época; es decir, que lo "personal es político" y que el arte es una poderosa herramienta ideológica que ayuda a entender y desvelar cualquier estructura de poder, en especial aquel que reproduce nuevas formas de desigualdades en la Europa de las democracias modernas. Si la historia de Idrissa nos ponía en relieve que el racismo seguía vigente, la cámara del cine feminista ejerce una importante labor democrática en la vigilancia del sexismo más sutil que pasa más desapercibido actualmente.
 
Recogiendo el testigo crítico de Ula Stöckl, las propuestas de las directoras contemporáneas pasan por analizar algunas de las violencias más explícitas llevando al guión temas de urgente debate social como es el consentimiento de la mujer en una relación sexual. De hecho, en films como Alles ist gut (2018) de Eva Trobisch aparentemente todos son buenos. La creadora alemana estudia los cercos íntimos a los que se enfrenta una mujer tras sufrir una violación por parte de un conocido. La protagonista intentará tapiar esta agresión y dolor bajo el delirio perfeccionista de una vida que no corresponde con su yo para así no "armar un escándalo", como ella misma cree, en el orden social y profesional que la rodea. La directora da voz al silencio y a la normalización de la violencia que llega a acarrear más desorden, si cabe, dentro de las propias víctimas, haciéndonos entender cómo de dañina es la educación en la sumisión que han debido interiorizar las mujeres a lo largo de toda su historia. El Premio a la Mejor Ópera Prima en el Festival Internacional de Cine de Locarno en Suiza es un alegato, adquiriendo la misma fórmula de discreción con la que sutilmente se ejercen estos ataques, a ponerle nombre y reconocer a realidad que más transgrede sin darnos cuenta. Lógica feminista asumida ya por muchos cineastas europeos la cual asume su compromiso de distinguir, a través de un primerísimo primer plano, las máscaras de los rostros.
 
La exploración de la sexualidad femenina y la inclusión del colectivo trans tienen ahora la oportunidad de preguntar y hacer dudar desde el estudio de los prejuicios y clichés que tradicionalmente han estigmatizado a aquellos cánones situados al margen de la industria del cine o la publicidad. La polémica ganadora del Oso de Oro en la Berlinale, Touch me not (2018) de Adina Pintilie, es un paso más allá en la relación que puede tener una mujer y un hombre con su cuerpo. Filmada como una auténtica pieza artística, la cinta de la directora rumana es un ejercicio de la honestidad de los cuerpos y un encuentro a entender y asumir que existen muchos otros modelos diferentes a los establecidos. "Siento miedo de que me juzguen", interrumpe la directora del film al romper la cuarta pared, al uso del teatro experimental, donde los actores salen de su escena para dialogar abiertamente con el público. Tras el velo del "silencio, se rueda", un abanico de sensibilidades se pone al descubierto, como en Alles ist gut, donde la filmación del coraje y la bravura de las emociones recuerda cuánto de humano somos en un territorio monopolizado por la frialdad de la máquina.
 
 
 
 
 
 
Sensibilidad traducida a primer plano a través del lenguaje del silencio convertido en un inapelable recurso por el cine vanguardista y que intenta vaciar el ruido para hacer oír lo que hay detrás de cada. Como anteriormente se puntualizó, una de las posibles características de este cine europeo y de autor es su capacidad para involucrarse en la realidad para, a partir de una pregunta a un hecho o un valor, realizar un autoanálisis del punto histórico en el que nos encontramos. Una tarea que necesita entender antes de dónde viene esta historia y hacia dónde va en busca de los posibles paraísos que proponía Endless Tail. En esta línea de recuperación, se echaba en falta desde países como España, un relato valiente y esclarecedor que diera protagonismo a las miles de voces y rostros de hombres y mujeres que a día de hoy siguen sin saber qué pasó con sus familiares desaparecidos durante y tras la Guerra Civil. Para un país, segundo en el mundo sin terminar de enterrar a sus muertos, la exhibición de El silencio de otros (2018), de los directores ganadores de un Emmy Almudena Carracedo y Robert Bahar, es un relato de soledad compartida trasmutada en rabia con un alto componente esperanzador por las acciones de esfuerzo y cambio realizadas por las familias y descendentes de las víctimas.
 
En esta línea del poder que tiene la ciudadanía en señalar la amnesia obligatoria que parece nos viene impuesta se centra la temática más social del cine de estos directores jóvenes europeos. La restituidora labor llevada a cabo por las asociaciones y organizaciones sociales para traer el cuerpo de vuelta de Idrissa a su casa, la negación de Janne, protagonista de Alles ist gut, de adquirir el papel de víctima, la incansable batalla, heredada de generación en generación, de las familias españolas por devolver la dignidad... son, sin duda, muestras de que el destino no puede estar en manos de los otros, en especial cuando habita dentro de los límites que establece un Estado de libertad y de derecho. "Ese es el sitio de la fosa. Ahí en esos zarzales tiraron la ropa y la dejaron desnuda...", señala una mujer, nieta del olvido que retrata El silencio de otros mientras posa sus manos sobre el guardarraíl de una calzada que ve pasar la indiferencia de los automóviles. Como indica el sigilo de este cine que filma más allá, bajo el asfalto de esta carretera se halla una grieta política y social que corre el riesgo de resquebrajar una memoria colectiva que necesita del reconocimiento de los demás para terminar de escribirse.
 
Sobre esta carretera y autovía del memorial no solo recuerda y pregunta lo humano. La piedra, las palabras y las letras testigo de ese pasado también dudan y ruegan a través de formatos tan retrospectivos como el road movie, o en su traducción película de carretera, siendo exponente La España profunda (de Ortega y Gasset a Rocío Jurado) (2018) de Isaías Griñolo Padilla. Género muy acertado para concluir, no sin antes realizar un paralelismo reflexivo, junto a la compañía de los poetas Manuel Vilas o Begoña Abad, entre el viaje iniciático de la España del ayer y la de Rosalía y Fernando Savater: "Entrad por la puerta, allanad camino para el pueblo, abrid, abrid caminos, quitad las piedras y alzad las banderas de los pueblos". Las preguntas que plantea el film en uno de sus fotogramas perfectamente podrían ser las que este nuevo cine y sus directores quieren que cada cual responda al volver a casa; "quién debe ser recordado", "qué se debe recordar" y "cómo hay que recordarlo". Sin perder de vista por el camino la poesía y el humor que harán sin duda más llevadero el retorno a la ciencia ficción de la rutina y la televisión.
 
 
 
 
 
 
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